Bus al sur

Ya llevaba algunos meses viviendo en tierras chilenas. Fui para trabajar en start-ups y antes de ingresar a laborar a una empresa local decidí aprovechar mi desempleo para conocer por el lapso de una semana el sur del país.

Antes de este viaje, por turismo había viajado poco. Conocía pocos lugares de mi país y por trabajo había viajado hacia Europa e hice turismo del básico. Para este viaje pregunté bastante a mi roommate chilena, investigué sobre ciudades, clima, atracciones, alojamiento, transporte. Y cuando ya me sentí listo hice lo que siempre se hace para confirmar un viaje: comprar el pasaje. El plan sonaba sencillo, viajar en avión a la ciudad de Puerto Montt (aproximadamente a 1000 Kilómetros de Santiago) y regresar en bus a Santiago haciendo paradas en las ciudades de mi interés.

No fui en tren al sur desde estación central como la canción del Los Prisioneros, pero desde el aeropuerto viajé en un largo vuelo nacional debido a la característica geografía alargada del país, hacia la ciudad de Puerto Montt.

El muelle de Puerto Montt

No estuve mucho tiempo en la ciudad de Puerto Montt, fui directamente desde el pequeño aeropuerto al terminal de buses para mi primer destino, la isla grande de Chiloé. Así que esperé sentado frente al mar, como dice la canción de Los Iracundos, hasta que salió el bus que me llevaría a la ciudad de Castro, en la isla. Y caí en cuenta que es una isla, por lo que salí del continente por todo ese tiempo. El cruce del canal fue usando el ferry Don Juan.

El ferry Don Juan con capacidad para varios vehículos y buses.

El cruce duró varios minutos, casi una hora. Podíamos salir del bus y tomar un poco de aire, el clima estaba nublado ya que el invierno estaba en su etapa final. Era septiembre y a pocos días de mi cumpleaños. Sí, pasaría mi cumpleaños viajando.

Después de desembarcar el bus siguió su camino de lo más normal hacia Castro. Para mí era una locura, nunca había cruzado “en bus” al mar y seguir el camino en una isla. Algo que siempre admiro de un viaje es el paisaje del campo. Pude notar que el paisaje y clima de la isla era muy diferente al del continente. Había mucha vegetación, muchas llanuras y árboles. Me pareció hermoso. En unas horas más de viaje llegamos a Castro, se podían admirar desde lejos los famosos “palafitos” o casas en parte asentadas en el mar con pilares de madera y fachadas de varios colores.

Palafitos

Llegué y lo primero que hice fue buscar un hotel para pasar la noche, los precios no eran tan altos y la temporada parecía baja. Salí a buscar algo que comer, caminar por la plaza de armas y el muelle. Había un mercado artesanal. Si bien no hacía tanto frío noté que iba a necesitar abrigarme la cabeza, por lo que compré un gorro de lana de oveja, animal que es muy común en la zona.

Dejé mi cámara en automático y tomé una foto para presumir mi nuevo gorro de lana.

Seguí caminando por el pueblo, hasta conocí el mall que era relativamente nuevo. Luego de descansar por la noche al día siguiente fui a conocer el parque nacional Chiloé, desde un lugar llamado Cucao.

Cucao, donde empecé a caminar hacia la entrada del parque nacional.
Parque Nacional Chiloé. Estrenando mi mochila que compré para este viaje y que luego me acompañaría por muchos lugares del mundo.

Era la primera vez que me encontraba en un clima así, con demasiada humedad por su costa pero con mucho frío, por su estación invernal. La vegetación era densa y el aire era muy puro. Llegué hasta un mirador y admiré la grandeza de la isla y del mar. Por mi condición de mochilero tuve que hacer una parada corta y emprender el retorno. Caminé por la vía pero no venía ningún bus, ya me estaba preocupando. En el camino pude ver rebaños de ovejas y conocí unos cuantos amigos de la foto que comparto más abajo.

Ovejas.
Unos amigos que me acompañaron a esperar una hora a que llegara un bus que me devuelva a Castro.

Felizmente llegó “una micro” que me llevó de regreso a Castro, donde inmediatamente me dirigí al terminal de buses y emprender el retorno al norte. Hubiera querido ir a Quellón, más al sur. Quellón se caracteriza porque es el punto donde termina la carretera panamericana que viene desde Alaska. Pero realmente era solo un lugar para tomar una foto, sin embargo el viaje era casi todo lo que había recorrido desde que entré a la isla hasta Castro. Así llegaba al final mi visita a esta isla que me pareció mágica, hay algo que no puedo transmitir con palabras pero quisiera regresar alguna otra vez en mi vida para acá y descubrir cómo. De ahí me regresé nomás a Puerto Montt para ir a mi siguiente destino: Puerto Varas, un viaje de aproximadamente 6 horas.

Puerto Varas y el lago Llanquihue

¡Ah! Puerto Varas. Rápidamente se convirtió en uno de mis lugares favoritos de Chile. El clima era bastante lluvioso, el aire bastante puro. La vista al lago era increíble así como todos los pueblos que rodean a este. La arquitectura de algunas casas es alemana, y esa composición balanceada de vegetación y urbanización hacen del lugar muy acogedor. También me dijeron que los dulces de la región eran muy exquisitos por la influencia alemana. Llegué por la noche y encontré un hostal para backpackers (mochileros). La habitación era compartida pero ese día no compartí con nadie por que habían pocos huéspedes. Salí nuevamente a los alrededores a comer algo y tomar una cerveza.

El perfil costanero.

Al día siguiente caminé por la ciudad, disfrutando de su arquitectura. Estuve cerca del lago y el camino “costanero” al mismo. Siguiendo la carretera me encontré con un lugar que mi roommate me había recomendado muchísimo. El museo Pablo Fierro. Este museo particular, construido por el señor Pablo Fierro con sus propias manos, es una gran casa abierta de recuerdos y antigüedades. Ahí puedes encontrar muchos artículos viejos, algunos de la época de mi infancia, otros de la infancia de mis hermanos y padres. Cada artículo y cada pieza del museo ha sido colocado de forma minuciosa por el mismo fundador para cumplir “el arte de soñar”. Tuve el honor de conocer a Pablo mientras recorría el museo y estaba construyendo una nueva ala del mismo, algo así como un palomar. Le ayudé a mover unas tablas.

Museo Pablo Fierro

En la tarde tomé una micro que me llevó a un pequeño pueblo a menos de una hora de Puerto Varas, se llama Frutillar. Es muy pequeño pero demasiado bonito. Son pequeñas casas también en la costa del lago, con una arquitectura alemana también. El muelle y la “playa” son muy caminables y agradables. Realmente me quedé sentado por un largo tiempo admirando el agua del lago y luego recordé que tenía que seguir viajando.

Arquitectura al pie del lago
Pude tocar el lago al acercarme a través de la playa. Me gusta tocar el agua a todo lado que voy.
Accesibilidad.

Compartí varias fotos en este relato ya que este pequeño lugar encantador no dejaba de sorprenderme. Luego de recorrerlo Frutillar “Bajo” (porque hay otra parte llamada Frutillar Alto donde no fui) fui a buscar la micro para regresar a Puerto Varas.

Listo para subir a la micro

Llegaría la noche así que allá buscaría un lugar donde comer y dormir en el mismo hostal para un nuevo día. Esa noche hizo bastante frío, estuve en la sala comunal del hostal por un buen rato calentándome cerca del horno. Había un gato que de vez en cuando me hacía compañía a ratos. Habían otros turistas pero no suelo socializar mucho con otros viajeros.

Amigo

Desperté temprano al día siguiente, desayuné ricos y calientes alimentos en el comedor del restaurante. El siguiente destino desde Puerto Varas era ir al parque nacional Vicente Pérez Rosales, al este del lago, con el objetivo de a conocer un lugar llamado “Saltos de Petrohue”. Tomé una micro que iba en dirección a Petrohue y en el camino me bajé para ir al una entrada del parque nacional, la laguna de los enamorados.

El volcan Osorno, muy blanco por el frío. Un año más tarde entró en alerta amarilla por actividad “anormal”.

La entrada era como un Lodge, con información y refugios. Luego de registrarme pude entrar a caminar por senderos del bosque húmedo donde pude encontrarme con ríos de agua turquesa y pequeños saltos. Este lugar es realmente bonito y también está en mi lista de lugares a los que deseo volver. Habían lugares del camino que estaban un poco difíciles de caminar por la irregularidad del mismo, lodo volcánico y nieve. Conocí a una chica en el camino con quien avanzamos un poco perdidos hasta llegar a la laguna de los enamorados, aunque nosotros no lo éramos.

Otra viajera tomó esta foto, había tantas rocas que iba a ser muy difícil programar la cámara.
Uno de los muchos saltos que hay en Petrohue
Agua pura por doquier.

Luego de recorrer hasta saciarme de este lugar, salí a seguir en dirección a Petrohue y ver que hay por allá. Realmente no había mucho. Comí unas empanadas y regresé a Puerto Varas horas más tarde para embarcarme en un bus que me llevaría a Pucón, en la región de la Araucanía chilena después de 6 horas de viaje.

Petrohue

Para llegar a Pucón el bus hizo una parada en el terminal de Osorno para luego parar nuevamente en el terminal de Villarrica. Ahí llamó mi atención desde la ventana del bus a un vendedor ambulante de café, cargaba un termo de agua caliente con vasos descartables y azúcar como si fuera mochila en la parte delantera de su cuerpo. Ya en Villarrica, casi a la media noche busqué un hotel para dormir. Nunca había sentido tanto frío, creo que estaba a 2º celcius. Caminando por las calles oscuras y temblando del frío llegué a un hotel económico y bastante cómodo. Igual me cubrí con muchas frazadas y dormí con abrigos y un calefactor de ambiente. ¿Ya dije que hacía mucho frío?

Al día siguiente salí a Pucón. Un pequeño pueblo acogedor situado al pie del lago Villarrica. Es otra región y el clima y vegetación son diferentes. Aquí hace más frío, estamos practicamente sobre la cordillera.

Pucón

Caminé un poco por el pueblo y vi artesanías. Compré llaveros artesanales con los nombres de mis mejores amigos para llevarles de recuerdo. No podía comprar mucho ya que andaba con mi mochila a cuestas todo el tiempo. Pucón también tiene “playa”, es la costa del lago y tiene arena negra que es de origen volcánico.

Casi desde que empecé mi caminata por el pueblo un perrito negro me acompañó, es como si fuera el viaje donde los perritos me hacían compañía. Son muy amigables. Caminamos juntos por el bosque que está cerca de la playa, y por la playa. Luego apareció otro canino amarillo, entre ambos corrían y jugaban, me sentía realmente acompañado. Luego de casi una hora a la distancia apareció otro caminante y mi amigo se fue a caminar con él. Me sentí traicionado (en broma) y seguí el resto del camino solo.

Mi amigo de Pucón.
El bosque, la arena y la playa.

Habiendo terminado de conocer Pucón, regresé a Villarrica donde por temas de la hora iba a pasar la noche. Regresé a Villarrica a caminar otro poco antes de tomar el bus que me seguiría llevando al norte.

Villarrica, capital de la Araucanía.

En Villarrica lo que más me llamó la atención fue caminar en la costanera del lago. Los paisajes que se pueden apreciar quitan el aliento. La zona es tranquila y el lago es grande. Si no hubiera estado nublado hubiera tenido una vista del volcán Villarrica, pero no fue el caso así que solo aprecié hasta donde el clima me permitiera ver.

Que geniales las composiciones de elementos en el paisaje.
Perritos por doquier, son muy queridos por los habitantes, los cuidan y alimentan.

Tomé un bus con dirección a Chillán, pero en el camino bajé para conocer otro atractivo llamado Salto del Laja. Era el día de mi cumpleaños y por eso quise regalarme la visita. Me bajé en plena carretera, conforme a lo que vi en Google Maps, podía llegar caminando, pero la distancia fue muy grande, no recuerdo cuántos kilómetros pero llegué exhausto y con calor. El frío del austro quedaba atrás.

Caminando en plena carretera

Y después de caminar harto llegué al mirador y la bajada al salto, con mi chaqueta o parka en mano ya que no soportaba la intensidad del sol.

Saltos del Laja.

En el lugar hay áreas de camping, cabañas, lugares para comer, artesanías, bebidas, todo para pasar un día de relajación entre la naturaleza al rededor de esta obra de la naturaleza.

Todo el complejo

Encontré de suerte unas pequeñas micros que salían hasta la carretera principal, tomé una luego de pasar al rededor de una hora en las cascadas. Ya en la carretera paré y subí a un bus que decía Chillán, mi siguiente destino. Viajé de pie la mayor parte del viaje, me sorprendió que sea permitido.

Llegué a Chillán, la verdad no tenía nada ambiciosamente planificado en esa ciudad, mas bien para que el viaje a Santiago no sea tan largo me quedé dos días y una noche. Busqué un alojamiento, un hotel económico que parecía residencia familiar. Busqué lugares para comer y recorrí un poco del centro y su plaza de armas. Después de todo era mi cumpleaños así que me regalé un gran plato.

Chillán es la tierra natal del libertador Bernardo O’Higgins, el héroe independentista de Chile. Adicionalmente me encontraba en un Chillán “nuevo” ya que también hay un Chillán viejo, que es donde ocurrió el terremoto de 8.3 grados en 1939 que destruyó toda la ciudad.

Motociclistas en el centro.

Al día siguiente seguí caminando, conocí unas cuantas tiendas, inclusive encontré una que tenía la bandera de Ecuador (no encontré la foto). Y llegué a una zona donde hay un mercado llamado Feria de Chillán, donde comí un plato de una sopa de mariscos que no me pareció muy buena. En el centro había una fonda que recién se estaba terminando de instalar, después de todo era septiembre y las fiestas patrias chilenas estaban a la vuelta de la esquina. Había un escenario y una banda de rock estaba tocando varias canciones.

Los “rápidos” pero son más lentos los desgraciados.

Finalmente para regresar a Santiago fui al terminal de buses, pero antes caminé por la avenida Ecuador, solo quería conocerla por su nombre pero solo era una gran avenida. Me faltaban las últimas 6 horas de viaje de regreso.

Y bueno, el camino seguía cambiando hacia el norte llegando a Santiago. Los Andes se los ve más lejanos. Algo que llamó mi atención fue un pueblo en el camino llamado “Peor es Nada”, casi me caigo de la silla por reir tan fuerte.

Peor es Nada a la derecha.

Finalmente regresé a Santiago, creo que casi llegué por la noche. Cansado pero me divertí mucho viendo el cambio de climas y paisajes desde el sur al centro del país. Desde el fondo de mi corazón recomiendo este recorrido. Es verdad que me faltaron varias atracciones más que conocer pero el tiempo y recursos ya eran limitados, además que no sabía si mi cuerpo aguantaría más tiempo, después de todo era mi primera vez mochileando de esa manera. ¡Valió la pena!

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Software Designer at Globant | Community Leader | Writer & Speaker | he/him.

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Carlos Villavicencio

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