Trekking para El Altar

No me considero montañista, solo una simple persona que disfruta de la naturaleza y los paisajes que ofrece mi país, el Ecuador. Por mi condición física no he podido ni podré hacer caminatas a cumbres de volcanes nevados, pero prefiero hacer caminatas en senderos conocidos para llegar a conocer alguna atracción que rodea a estos, como lagunas o glaciares.

Una atracción que estuvo en mi lista por mucho tiempo fue la laguna amarilla, del volcán El Altar, ubicado en la provincia de Chimborazo. Después de mucha investigación, planificación y preparación física constante lo realicé el pasado feriado de mayo, cuando el resto del país presenciaba un cambio de presidente.

El tour empieza en el poblado de La Candelaria, donde vamos a un baño por última vez.

Cerca, se encuentra situada la hacienda Releche y el punto de partida al trekking que usualmente toma al rededor de 8 horas. Nos dijeron: “Si empezamos a las 9 hemos de llegar a las 4 y el último grupo a las 6. Hay unos kilómetros de lodo espeso pero luego de eso ya es tierra o lodo caminable”.

Ya nos advirtieron también del frío, por lo que llevamos varias capas de ropa y otras más en las mulas de carga, con las que nos encontraríamos al final de la caminata.

Y así empieza esta larga caminata, luego de una hora nos topamos con el camino lodoso, estábamos incómodos pero sabíamos que esto iba a ser pasajero, o al menos eso pensábamos. El lodo era espeso y pegajoso. Menos mal llevamos bastones de trekking, y aun así me fui varias veces al suelo, pero habían personas que se caían de peores formas. Una compañera de viaje casi se va al barranco por pisar mal. Frecuentemente las botas de caucho se pegaban en el lodo, al quererlas sacar se salía el pie, necesitábamos ayuda.

Es triste encontrarse con basura en el camino, envolturas, botellas y hasta mascarillas 🤦 Que pena tener esta cultura de ensuciar todo a nuestro paso. A mí se me cayó una botella de agua más adelante, pero ya contaré las circunstancias.

Y llegamos a “la planicie”. Es una zona ligeramente húmeda, con abundante vegetación y finos paisajes. Es un lugar donde apetece quedarse por horas, sobre todo descansando y admirando el paisaje a la redonda, que incluye un “preview” del Altar y el valle del río Collanes. El guía nos dijo que apuráramos el paso porque eran las 4 o 5 PM y faltaban como 3 horas para llegar al campamento. Nos preguntaron si queríamos caballos para llegar al campamento, pedimos 1 para Vanessa o cargar las mochilas ya que el resto del camino iba a ser más de tierra.

Pero no fue así. El guía siguió a su ritmo y lo perdimos. El lodo regresó al camino y se veía eterno, nuevamente íbamos a paso lento y en el horizonte nos saludaba la caída del sol. Los colores del cielo empiezan a cambiar convirtiéndose en una belleza, pero así mismo nos empezamos a preocupar.

Luego empezaron a suceder cosas que nadie pudo preveer. Vanessa se atoró fuertemente en el lodo y ni yo la pude ayudar a salir. En ese justo momento vinieron arrieros con caballos y mulas para rescatarnos. Nos montamos y empezamos a avanzar a paso más rápido ya caída la noche.

Nos encontramos con otro grupo de caminantes, habían solicitado 3 mulas, me querían hacer bajar y como ya estaba agotado insistí en que podía pagar o quedarme ahí en el camino a pasar la noche, ya no quería avanzar. Los arrieros coordinaron con el guía y me dio uno de sus caballos para avanzar hasta el final del campamento por $40. Ese caballo era medio loco, me caí en una ocasión y se me dislocó/recolocó ligeramente mi hombro izquierdo. Adicionalmente se fue en otro sentido con dirección al precipicio y vi la muerte. Me tuve que lanzar al piso y el arriero lo devolvió al camino.

El caballo de Vanessa se detenía y me hacía caso a mi voz para seguir avanzando cuando llegaba donde se encontraba. En un punto mi caballo se atoró en un camino difícil, me bajé del caballo para avanzar un tramo a pié pero luego lo perdí de vista y seguí a pie. Me uní a otro grupo de caminantes.

Con un poco de fuerza nuevamente (que no iba a durar mucho) seguí caminando con el grupo por un par de horas hasta un refugio. Llegamos al rededor de las 10 PM y la señora encargada del lugar no nos quiso prestar ni alquilar un lugar para aguarecernos de la lluvia y el frío porque no habíamos hecho ninguna reservación. Muchos empezábamos a temblar. Esperamos a que llegue el guía y otras dos compañeras que estaban perdidas. Me mantuve haciendo señales con la linterna weatherproof que afortunadamente me regaló mi hermano antes y a la distancia divisamos dos linternas. También vimos unos ojos rojos cerca, pensamos que era un gato, pero al alumbrarlo con la linterna vimos que era un zorro andino. Fue hermoso.

En una hora y media llegaron las compañeras a seguir esperando con nosotros. Ellas en el camino se encontraron con Stalin, un jóven que se separó de su grupo también y estaba bajo un árbol dispuesto a pasar la noche. Ellas le insistieron a acompañarlas y seguir, caso contrario Stalin no tendría historias que contar.

La hora era aproximadamente 1 AM y tuvimos que decidir morir de frío o calentarnos caminando y tratar de llegar al campamento por nuestros propios medios. Lo malo que cerca había un río y un terreno pantanoso muy peligroso. Avanzamos y nos perdimos. Silbamos el sonido morse de S.O.S sin efecto.

Eventualmente llegó el guía y avanzamos a paso rápido. No quería perderlos así que seguí el ritmo. Ya no tenía fuerzas pero seguía caminando, no sabía de dónde seguía sacando fuerzas hasta que analizando un poco mientras sorteaba el lodo llegué a la conclusión que todo era adrenalina en altas dosis que circulaba por mi cuerpo gracias al “instinto de supervivencia” ocasionado por la angustia del momento.

Llegamos al campamento a las 3 AM, luego de cruzar el río. Tomé una taza de café instantáneo y luego nos sirvieron sopa y un segundo. Fue delicioso. Durante el día a lo mucho había tomado 2 litros de líquido, 2 sánduches y unos cuantos snacks de sal y azúcar ligeros.

Finalmente dormir en carpas a las 4 AM.

Empezamos el día 2, un día relajado. Empezamos el día desayunando, me encontré con Vanessa con un abrazo luego que nos separamos. Ella llegó en su mula a las 11 PM. Tuvimos una discusión entre todos con el organizador del viaje y acordamos ese día ir por la tarde a la laguna amarilla y regresar muy temprano al día siguiente.

El camino a la laguna amarilla dura aproximadamente hora y media. No hay mucho lodo pero el mayor desafío es escalar una pared casi vertical de roca, sin equipos de protección ni casco. Por lo menos el clima nos favoreció ese día.

Luego de la travesía, llegamos al mirador de la laguna amarilla. Me di cuenta de lo colosal que es el volcán Altar. El viento era fuerte y eso traía mucha agua de las nubes. Se producía un arcoíris que duró mucho tiempo. No bajé a la laguna sino que me quedé contemplando desde el mirador mientras todos los demás seguían en sus sesiones fotográficas.

Bajamos pronto para que no caiga el sol pronto, la escalada hacia abajo fue difícil para mí, que bueno que Vanessa me iba guiando dónde colocar el siguiente pie.

Ya abajo empezó el atardecer y los colores eran increíbles.

Finalmente fui al río a quitarme el lodo de las botas y por accidente se rodó cuesta abajo mi cámara con estuche. Se mojó toda. Me lancé al río sin pensarlo mucho con tal de recuperarla con éxito. Luego de refunfuñar por un rato, le quité la batería y la memoria y la dejé secando al viento.

Esa noche había más confraternidad con el grupo, las conversaciones eran amenas mientras cenábamos y tomábamos “bebidas espirituosas”.

Al día siguiente desperté a las 5 AM. Desayuné a las 6. Había recuperado de a poco las fuerzas, mientras que los locales duplican o triplican mi estado físico. Ellos están acostumbrados y conocen estos lugares desde niños.

El grupo de caminantes emprendió el retorno a las 7 AM. Nosotros los que iríamos a caballo/mula íbamos saliendo de a poco. Mi grupo salió como al medio día en compañía de la señora Elvia, una mujer fuerte y valiente.

Empezamos nuestra travesía a caballo, éramos Vanessa, Stalin, Alejando (el cocinero de la agencia) y yo junto con doña Elvia. Lo primero fue atravesar el río, esta vez estaba crecido. Me asusté demasiado cuando cruzó Elvia y se cayó junto a su caballo. Logró salir del río pero quedó golpeada en su pierna y mano. Llegó su esposo José del campamento para asistirla. Volvió intentar cruzar y esta vez sí lo logró, cuando yo crucé también pensé que caería y moriría.

Seguimos avanzando, llegamos a otra parte del mismo río Collanes, esta parte era más crecida, Alejo se arriesgó y logró cruzar a caballo, nos indicó el camino. Del otro lado sostenía la soga para guiar al caballo. Fue muy peligroso pero no hubo accidentes esta vez.

De ahí nos fuimos a paso más rápido, ya era más de la 1 PM. Estaba contento con mi caballo ya que me hacía caso, era como un auto nuevo para frenar y avanzar.

Algunas veces en el camino nos bajamos para seguir a pié y volvíamos a montar. El camino era peligroso por tramos. En todo momento doña Elvia nos acompañó y motivó. Pero llegó una cuesta pronunciada donde mi caballo saltó y por más que me aferré a la montura caí y me golpeé la nariz en una roca del suelo, escupía lodo y el caballo se me abalanzó. Sangré por unos minutos y lo contuve con mi buff. Es lo que debe sentirse un puñetazo a la nariz, supongo.

Eventualmente dejé de sangrar aunque la naríz se empezaba a hinchar. El camino fue difícil, aunque creo que ya mencioné esto muchas veces anteriormente. Ya no tenía fuerzas para seguirme sosteniendo pero tenía que hacerlo. Ya me dolía el trasero de estar cabalgando pero tenía que resistir. Doña Elvia a pié (ya que dio su caballo a Stalin para que pudiera avanzar rápido) mantenía el paso, toda lastimada. Ella es muy admirable.

El sol caía, los paisajes bonitos nuevamente aparecían, se lograba ver al Chimborazo totalmente despejado a la distancia despidiéndose de nosotros y de nuestra aventura llena de peligros y recordándonos que caminar en la montaña no es para niños (de ciudad) como nosotros.

Finalmente llegamos al estacionamiento donde estaban los caminantes que también habían llegado. Pedí ayuda para bajar de mi caballito, pese a que me caí le tenía mucha estima. Preguntaba por el estado de mi nariz y les contaba a todos lo que vivimos.

Me encontré con Vanessa y nos abrazamos. Fuimos a una casa que nos daba el servicio de quitarnos el lodo, cambiarnos de ropa y comer algo. En este día a lo mucho tomé agua pero no había comido más allá del desayuno.

Este trekking en particular no lo volveré a hacer en mi vida, sin embargo no quiero alejarme de las montañas. Tienen un aire místico y relajante que provoca adicción. Estoy consciente de mis limitaciones físicas y en una futura ocasión trataré de prever más posibles escenarios que puedan darse.

¿Qué te pareció el relato? Aun lo tengo fresco por eso está lleno de detalles.

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Software Designer at Globant | Community Leader | Writer & Speaker | he/him.

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Carlos Villavicencio

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